miércoles 2 de diciembre de 2009

Cien

Excusas previas: como es costumbre en este autor, el texto que se publica a continuación es uno más de los fracasos en sus participaciones en concursos. Para todo aquel que lo lea le propongo este pequeño juego: descubra cuál es la frase que arruina el microrrelato.

Cien palabras –me dicen. Ni una más ni una menos puedo. Pienso qué historia fuera tan simple para caber en tan poco, pero al debatir esto en mi conciencia me doy cuenta que una palabra nunca es una sola. Cuando digo todo también digo nada. Cuando digo esto también digo aquello o eso. Si dijera blanco, todos los colores estaría nombrando; si negro esbozara, ninguno estaría pronunciando.
Se me agolpaban todas por la puerta a la vez y como ocurre cuando muchos quieren atravesar por un espacio reducido, trabados son.
Cien palabras dijeron. Sólo atiné a escribir una: imposible.

lunes 9 de noviembre de 2009

Dos rapiditos...

Excusas previas: Los dos textos a continuación participaron de un concurso cuya regla era escribir microrrelatos de hasta 100 palabras.

Contacto íntimo


Sus cuerpos se unieron bajo el Sol del mediodía. El extremo de uno penetró en el de otro y todo se volvió vueltas y vueltas. Lentamente fueron tocándose, hasta que uno lastimó la piel ajena. El duro exterior del cuerpo lastimado fue dejando al descubierto su centro blando y rojizo. Y en el momento más álgido de la acción algo se quebró y parte de sí quedó dentro del organismo ajeno.

...

¡Bah! Tanta poesía para sacarle punta a un lápiz.



Bifurcación

Desperté. Todo era sombras hasta que mis pupilas se acostumbraron a la luz. Pero, ¿de dónde venía esa luz y dónde me encontraba? Nada recordaba de mi llegada a ese lugar. Miré hacia la luz, que venía de un túnel a mi derecha, di un giro y mire hacia atrás. No pude ver el final de aquel pasadizo, así como el rio penetra en el mar y se pierde, la luz lo hacía en la oscuridad más penetrante. Un silencio ensordecía mis oídos. Tenía que elegir entre uno de los dos caminos. No lo dudé, elegí la luz.

miércoles 21 de octubre de 2009

Estelita

Todos conocen a Truman. El que diga lo contrario está mintiendo. Ese hombre bajito, pero robusto, de cejas pobladas y entrecanas que le cubrían la mayor parte de los penetrantes ojos celestes, casi blancos, que escudriñaban nerviosamente todo a su alrededor; ése era quien estaba sentado frente a mí detrás de un gran escritorio de roble. Las manos entrelazadas sobre el mesón, el cuerpo ligeramente encorvado hacia adelante, esperaba mi palabra.

—Tengo un problema señor Truman.
—Es la primera vez que oigo algo así.
—Pero… si todavía no le conté de que se trata.
—¿No le parece suficiente con tenerlo?
—No lo entiendo, ¿qué me quiere decir? No me hace ninguna gracia estar sufriendo.
—Usted había dicho que tenía un problema, no que estuviera sufriendo, eso ya es diferente.
—Es que… no… bueno… usted sabe. No, no lo sé, cuénteme.
—Es una mujer.
—Definitivamente es la primera vez que oigo algo así.

En ese momento no lo noté, pero cada palabra de ese sabio hombre estaba pensada para decirse en el momento preciso y escondía una significación que no alcancé a interpretar del todo. No era para menos, yo estaba demasiado preocupado en otras cosas como para prestar atención, lo único que me interesaba era solucionar mi problema cuanto antes.

—Cuénteme más sobre esa mujer.
—No sé por dónde empezar. A ella la conocí hace muchísimos años en casa del señor M… y nunca más la vi. Era hermosa, usted sabe, dueña de una belleza singular. Esbelta, un poco más baja que yo. Su cara, un poco rechoncha, labios carnosos, ojos dulcemente marrones, pómulos ligeramente colorados y una nariz recia y graciosa. Su pelo caía suavemente, en pequeñas ondas, sobre sus hombros. Tenía 17 años en aquel momento y le puedo asegurar que nunca había visto a una mujer así ni tampoco lo volví a hacer. Al día siguiente de ese encuentro partí en barco hacia una guerra de la que no tengo más que horribles recuerdos. Mientras estuve en combate, lo único que me mantuvo cuerdo fue el recuerdo de ella. Sé que nuestro encuentro había sido totalmente fugaz y no había alcanzado a conversar con ella más allá de meras formalidades, pero la dulzura de su voz y su mirada cautivadora me habían atrapado y me arrepentí de no haber intentado algún acercamiento mayor. Por supuesto sabía que no podría sostener ninguna relación con una guerra de por medio. La distancia hubiera enfriado las cosas y quizás habría resultado peor que cómo se habían dado los hechos. Sin embargo, me juré que lo primero que hiciera cuando retornara sería buscarla.

Cuando por fin volví a casa, no sabía por dónde comenzar. Decidí retomar desde donde había dejado y fui en busca del señor M… Para mi sorpresa aún vivía aunque para mi desgracia era un hombre viejo que no recordaba ni su propio nombre. El Alzheimer –o tal vez la fortuna– le había quitado todos sus recuerdos. Por el contrario, los míos eran un tormento diario, acudían a mí a cada momento para recordarme las penurias por las que había pasado en aquellos años. Por las noches despertaba enteramente sudado y con escalofríos luego de las pesadillas. Las pastillas que tomaba para dormir no lograban ahuyentar aquellas horribles imágenes.

Visité a mis viejos amigos, pero ninguno recordaba la velada. Quizás fuera porque ninguno había estado allí. No lo sé. Estaba muy confundido y se me hacía borroso incluso lo que creía recordar bien. Por momentos tenía miedo de que todo aquello, esa bella mujer fueran un mero invento de mi maltratada mente que inventaba memorias felices para hacerme creer de un pasado más alentador. Pronto descubrí que no existía ninguna farsa. Los recuerdos eran ciertos. Esto me trajo ciertas esperanzas y al mismo tiempo un gran pesar por mi propia confusión. La sola idea de no poder dar un buen final a toda la historia me carcomía.

Una tarde paseaba yo bajo la vieja arboleda de la avenida. Los lapachos florecidos indicaban la primavera. El viento soplaba suave desde el este y el clima era cálido y húmedo como lo son las primaveras por estas latitudes. Sin embargo, yo no prestaba atención a ninguno de estos detalles. Mi caminar era similar al de un sonámbulo. La gente pasaba a mi lado como si fueran fantasmas desfilando frente a uno más de los suyos. Pero, llegando a una esquina en dónde había un plaza con una gran estatua de uno de los próceres más importantes del país, una voz estridente me despertó del sopor:

—J… ¿sos vos? –espetó uno de los fantasmas.
—No, soy F… –respondí sorprendido. ¿Y vos quién sos? (J… era mi hermano gemelo. Solían confundirnos todo el tiempo).
—F… disculpá, 40 años y todavía no los distingo. ¿No te acordás de mí, el Flaco, tu vecino?
Flaco, por supuesto, perdoname, estoy medio idiotizado, sabés.
—¿Seguís pensando en eso, eh?
—Sí, nunca voy a poder evitarlo, es una secuela de por vida. Pero hay otro tema que me está volviendo loco también.
—¿Qué te anda pasando?
—Una mujer que conocí antes de irme. La he estado buscando y parece haberse esfumado, incluso de la memoria de todos.
—Ojalá pudiera ayudarte, pero… ¿che, no te acordás de Truman?
—¿El Inglés? Nunca me cayó bien. Siempre fue un farsante para mí.
—Siempre tan escéptico vos. Andá a verlo, él te puede ayudar, seguro.

—Así que acá estoy señor, esperando que el Flaco no se haya equivocado. Espero que usted sepa ayudarme a encontrarla.
—¿Farsante? ¿Usted piensa que no soy nada más que un farsante? Si usted supiera, si usted supiera… (dijo esto sin violencia, casi con lástima, como sintiendo pena por mí)
—Perdóneme, comprenda que lo mío siempre fue la ciencia, me cuesta creer en… en… en las cosas que usted hace.
—No se haga problema, veré que puedo hacer por usted. Deme un día o dos y le comunicaré que es lo que ocurrió con la señorita.
—Muchas gracias señor, espero que pueda cambiar mi idea sobre usted.

Dos días después estaba nuevamente frente a aquel hombre. Tenía la mirada perdida en quien sabe qué cosa cuando entré. El ruido de la puerta lo sacó de su estado y sus ojos se clavaron en mí.

—Siéntese, siéntese –me dijo pausadamente.
—¿Y bien?, ¿qué sabe usted de… de… Estelita? (dije su nombre muy bajito, susurrando y con dificultad).
—Mire, no le voy a mentir. No es mi estilo. Espero que no tenga rencores contra mí. Yo sólo averigüé lo que usted me pidió.
—Vamos hombre, dígame.
—Estela murió señor. Un año después que usted se fuera. Lo siento mucho.
—Las lágrimas me brotaron espontáneamente. Mi última esperanza había sido destrozada. Ya no me quedaba nada. Nada.

sábado 19 de septiembre de 2009

La cárcel

Excusas previas: Este texto, tal cual está aquí abajo —no así el título que fue cambiado (antes se llamaba Lo último que se pierde es la esperanza, rótulo que desmerecía mucho. Si bien el actual no es una maravilla, había sido mi primera opción y hubiera debido utilizarla)— fue presentado a un concurso. Como resultado del fracaso estrepitoso en aquel sitio, lo subo a este olvidado antro de historias poco prometedoras como consuelo de tontos y a fin de exponer mi miseria a la observación general, quizás con la fortuna de tener éxito (por la lástima reflejada) en la estima de alguna persona más iluminada.


Desperté. Todo era sombras, no veía absolutamente nada en ninguna dirección. El suelo donde estaba acostado era duro y frío. Me incorporé lentamente (todavía estaba un poco aturdido y mareado) y cuando me empujé con mis débiles brazos y piernas para sentarme, los dedos entumecidos reconocieron un material escarpado y lleno de cantos filosos. Algunas pequeñas grietas se abrían también en aquel lecho. Tomando coraje me puse de pie y extendí los brazos intentando encontrar alguna pared, algún límite en aquel extraño lugar que me encontraba. Di vueltas sobre mí mismo con los brazos extendidos, ¡nada! no alcancé a tocar ninguna pared, si es que existía alguna. Temiendo encontrarme en algún lugar elevado y sin reparo, me agaché y comencé a avanzar hacia un lado gateando cautelosamente y palpando el suelo antes de seguir ante el temor de caer al vacío si daba un paso incorrecto.
El reconocimiento dio sus frutos y al cabo de unos minutos di contra una pared del mismo material rocoso (eso parecía, una roca dura y fría). Alcé mis manos y sosteniéndome del muro fui poniéndome en pie hasta encontrarme totalmente parado en uno de los extremos de aquel espacio desconocido. Ya me había recuperado casi del todo del mareo y el cerebro comenzaba a trabajar mejor. Por un momento pensé en cómo había llegado hasta allí, pero no tenía forma de saberlo. Lo último que recordaba era haber estado caminando por la avenida una tarde soleada. Era primavera, porque los lapachos exhibían sus rosadas flores y las últimas hojas marrones tapizaban el suelo de las anchas veredas. En cierto momento todo se había desvanecido de golpe y al instante había despertado en aquel escalofriante sitio.
Dejé por un momento aquellas cavilaciones y decidí completar mi exploración. Reflexioné que no era la mejor opción aquella de dar media vuelta y dirigirme al extremo opuesto, no tenía certezas de que existiera uno y además corría el riesgo de no avanzar en línea recta y darme una falsa idea del lugar. Lo mejor sería seguir el muro hacia uno de sus lados y esperar encontrar alguna pared perpendicular. Avancé pegado a la superficie rocosa, un paso a la vez y con el brazo extendido palpando cada centímetro hasta que di contra un nuevo murallón. En ese instante me percaté de que me había faltado poner a prueba un detalle: ¿qué tan alto era aquel lugar? Tomé fuerzas, flexioné las rodillas un poco y salté con todas mis fuerzas, los dedos tamborilearon en el aire y volví a caer en el duro lecho de aquella prisión. En cierto modo me desalentó no haber encontrado un techo y en otro me dio esperanzas de no estar completamente encerrado, quizás existiera alguna forma de subir por aquellos escarpados muros. El intento estaba fuera de discusión por el momento. A pesar de haber pasado mucho tiempo (mucho menos, sin embargo, del que yo pensaba) todavía no salía de aquella oscuridad. Decidí continuar, entonces, por este nuevo muro hacia el otro extremo y de la misma manera en que había alcanzado éste di contra una nueva pared, fría, dura y escarpada como todo lo demás. Ya había encontrado tres límites a aquello que cada vez más sentía como una celda. Mi única esperanza recaía sobre el territorio inexplorado. Existían varias posibilidades y todas ellas me parecían desalentadoras: la mejor de las opciones sería que no existiera nada y pudiera seguir avanzando (sin embargo, esto no significaría que estuviera libre) y el peor de los casos sería descubrir que existía un precipicio, o bien podría darse el caso más probable de existir un nuevo paredón inexpugnable; o incluso podía existir un muro con alguna abertura, lo que también podría resultar engañoso. Es cierto, mis pensamientos eran un tanto pesimistas, pero la desconfianza era mi mejor medida de precaución en aquel ambiente hostil.
El silencio se hacía ensordecedor y la desesperación por no encontrar una salida aumentaba a cada momento y se hacía insoportable. La quietud y la oscuridad me estaban volviendo loco. Grité con todas mis fuerzas (no sé porqué no lo había hecho antes), pero sólo me respondió el eco de mi propia voz que se fue apagando y el silencio volvió a tomar posesión del espacio.
No soportaba más la negrura y el aislamiento, sollozaba nerviosamente y golpeaba el muro con impotencia. Pasaban minutos que a mí me parecían horas y seguía allí sin posibilidad de encontrar una explicación. Casi había perdido toda esperanza de salir con vida de aquella cárcel, el temor de no poder escapar se había convertido en pavor de morir dolorosamente de hambre y sed, cuando una tenue luz invadió esa maldita cueva. Había pasado tanto tiempo en la oscuridad que incluso esa leve luminosidad me pareció excesiva y enceguecedora. Un hilo de esperanza hizo latir mi corazón más fuerte. Pero ¿esa luz de dónde venía?, ahora veía claramente que me encontraba en un espacio cuadrado y cerrado por todos lados. El muro restante era igual que los anteriores, duro, frío, escarpado. Miré hacia arriba y noté que no había techo. La luz se perdía en la inmensa oscuridad. Calculé que alcanzaba los 100 metros hasta donde yo podía ver y luego se iba desvaneciendo hasta la más completa negrura.
No había salida, pero la luz tenía que venir desde algún lugar, era imposible que no hubiera ninguna abertura. En vano busqué por toda la superficie, ni la más mínima señal de un espacio de escape, sólo grietas, cantos filosos, roca y más roca.
En mi búsqueda desesperada de una salida la luz fue comenzando a crecer en intensidad y a medida que ésta lo hacía, mis ojos iban acostumbrándose a la nueva situación. De nada me servía ver, seguía en la misma condición que antes cuando había estado en la más completa oscuridad. Furioso, me senté en el suelo y apoyé la espalda en una de las paredes, nada me importaba que fueran totalmente incómodas, no sabía qué hacer y me abandoné por completo a la suerte que me deparara el destino. Escondí la cabeza entre las rodillas y cerré los ojos por un momento, ¿dormir en aquel estado? Imposible. Volví a echar una mirada alrededor, hacia arriba, hacia los costados, hacia abajo y por poco me desnuco contra el murallón en el que me recostaba. El suelo había tomado un color sanguinolento y por las grietas brotaba una sustancia líquida, espesa, de color rojizo y brillante. Me convencí que eso no era sangre. Efectivamente no lo era, era algo peor, aunque en ese momento no lo supe. Debajo de mí el suelo comenzó a temblar fuertemente y un repentino aire caliente y un vaho maloliente invadieron el cuadrilátero de piedra. Hacía mucho calor y el suelo temblaba en un golpe rítmico y exponencialmente creciente. Los golpes eran cada vez más rápidos y fuertes, como si fueran cercanos. El movimiento se había propagado hacia arriba y de las paredes se desprendían peñascos de diferentes tamaños, tuve suerte que ninguno me diera en la cabeza. Estaba desesperado, no sabía dónde ubicarme, cualquier lugar resultaba igualmente peligroso, eso pensaba. Un estruendoso bramido inundó aquel espacio.
Desperté. Una luz inexplicablemente brillante me cegó por completo.

viernes 19 de junio de 2009

Insomnio

Tengo la impresión de que la historia que voy a relatarles va a parecerles el invento de una mente que no razona bien. Yo mismo he pensado en esta posibilidad, sin embargo, creo que debe ser leída en términos de una realidad que nos negamos a aceptar posible. Este relato lo leí en algún libro del que, por imprudencia o quizás por fortuna, no recuerdo el nombre. Sabrán disculpar mi negligencia, y sepan que no he cambiado ni una palabra de aquellas que tengo tan frescas en la memoria, tal impacto causaron en mí que las siento ya como propias.

Hace varios días que paso las noches en vela. Los ojos cansados y rojos son la marca visible de mi estado de insomnio. Por más intento que hago en conciliar el dulce sueño fallo en mi tarea una y otra vez. Amanece el día y la rutina se ocupa de evadir mis pensamientos por un tiempo de la diaria derrota frente al imposible sueño. Pero cuando llega la inevitable noche no logro mantener los párpados cerrados. Cuento ovejas, cabras y conejos, recito mentalmente poemas románticos. Nada. Las ovejas pierden la cuenta, los poemas se repiten y yo sigo tan despierto como antes.

Tengo la costumbre de leer antes de dormir, me gusta mucho la literatura fantástica, sentirme dentro de mundos increíbles, remontarme junto a los protagonistas a lugares desconocidos y vivir junto a ellos sus aventuras. Mi vida es tan monótona, tan rutinaria y temerosamente predecible. Los libros son mi vía de escape. La biblioteca es el objeto más preciado que tengo y no sé si soportaría la existencia si me faltase. Todos me dicen que estoy loco, que tendría que dejarme de tanta fantasía, que lo único que hace es meterme ideas raras en la cabeza y aislarme cada vez más de la realidad.

Hay algo que no les conté todavía. Todas estas noches que he pasado sin dormir, ha ocurrido algo muy extraño: cuando termino de leer, guardo el libro en la biblioteca y apago las luces, la habitación parece entrar en movimiento. El aire se agita, el silencio se acalla, siento murmullos, ruidos que no alcanzo a reconocer, melodías que tocan instrumentos quejumbrosos y melancólicos. Me paralizo, no me atrevo a mover un músculo, no puedo ver nada por más esfuerzo que haga. Paso toda la noche intentando olvidar esos sonidos, esos ruidos molestos, pero sólo se callan cuando la luz del Sol entra por las ventanas...

Si quieren ver el final del cuento hagan click en el FORRO de la izquierda y vayan a la página 61 del número 4 y lean toda la revista porque está muy buena.

sábado 16 de mayo de 2009

El puerto

—De espaldas al río contemplabas el olvidado puerto de la ciudad. Los galpones chorreaban óxido por sus techos mientras los graffitis se reproducían en sus paredes y gritaban a voz en cuello la injusticia que los rodeaba. La dársena contaba no más de diez barcos, todos varados en el mismo lugar hacía tanto tiempo que ya no te dabas cuenta de que estaban ahí, tan asimilados al paisaje de lo que supo ser un atracadero en dónde los vapores entraban y salían hacia el inmenso río que se pierde en el horizonte, hacia el sur y hacia el norte. A tu derecha se levantaba uno de los viejos galpones, ahora convertido en silencioso testigo de tiempos pasados. A tu izquierda: la dársena, profunda, de color ocre como el río que alimentaba sus aguas mansas, quietas desde hacía tantos años. Más allá, los viejos edificios de las oficinas portuarias y aduaneras dejaban ver su oscuro interior por entre los restos de ventanas amplias que en una época dieron luz a quiénes los frecuentaban. En la rada un viejo casco era carcomido por el tiempo y la intemperie. Sus maltrechas herrumbres dejaban atravesar el Sol para dar calor a familias enteras de ratas que habían hecho de los fierros retorcidos un hogar...

El final del cuento en Revista Forro Nº3 que además tiene cosas muchísimo más interesantes para leer y recomiendo no perderse.

martes 3 de marzo de 2009

Calandria entrerriana

Calandria entrerriana
Letra: Francisco Vanrell
Música: Aún está por verse

Cantora de las mañanas
dulce voz del naranjal
que con tu canto engalanas
esta tierra litoral

Yo te veo por las tardes
asomando al ventanal
es de ocres tu plumaje
como lo es el Paraná

Triste calandria entrerriana
no me invites a soñar
tú sabes que yo no puedo
batir mis alas y volar

Cantorcita de mi tierra
de arroyuelo y pajonal
entrerriana como el sauce
lo mesmo que el Uruguay

Cantora de otros cantares
melodiosa en el trinar
no me digas que has perdido
tu preciada libertad

Triste calandria entrerriana...

jueves 15 de enero de 2009

Spooky Call

Jack was asleep in the chair, dreaming, when the phone rang. He jumped out of his skin and thought that someone was at the door. However, when he opened it he could see no one there. While closing the door the phone rang again and then he realized what had happened. He ran quickly to the living room and ansewered the phone. Someone said in a whisper: –It’s the time and then hung up. This was quite spooky. Jack was scared to death. He didn’t have a clue about who had just called him. He kept turning over the call in his mind but couldn’t find out why that person had told him such a strange thing. Since that day he had become paranoid. He thought that all the time someone was staring at him, even when he was alone. First, he started missing job and hardly ever saw his friends, until one day he locked in his house. He had been locked in for about a week when a burglar broke into his house. Jack suffered a heart attack –according to the police– and died immediately after.

miércoles 16 de julio de 2008

Policial Confuso

(Un señor que aparenta unos 60 años pero en realidad tiene 32 toma su nuevo celular Nokia N5200/32 con todos los chiches: cámara, mp3, mp4, blue tooth, manos libres, mira láser y máquina para cortar fiambre y teclea desesperadamente un numero de tres cifras: nueve, uno, uno*)

Tuuuuuu.....tuuuuuuu.....tuuuuuuuu.....
Central del 911: Hola, soy Pamela ¿en qué puedo ayudarte?
Señor: Sí, que tal Pamela, mirá te llamaba por una emergencia.
911: Espere un momento por favor.

(Se comienza a escuchar una melodía aguda que se repite cada treinta segundos aproximadamente)

Una hora y media más tarde...

(Se sigue escuchando la melodía, el señor ya no sabe como matar la espera: completó tres sudokus de nivel difícil, dos claringrillas y armó un rompecabezas de 1000 piezas)

Tres horas después...

Se oye que alguien resopla en el teléfono...
Señor: Mirá ya hace tres hora que me tenés acá y yo le dije a esa chica que era por una emergencia.
911: Disculpe señor, ¿cuál es el problema?
Señor: Esteee...mirá hay una persona en la casa de enfrente que tiene un arma en la mano y hace todo el día que está apuntando hacia la calle pero parece que nadie le presta atención.
911: Ahh...en seguida lo comunico con la Dirección de Locos Armados de la Policía, ellos le darán una respuesta.
Señor: Macanudo, gracias.
DLAP: Dirección de locos armados de la policía, buenas noches...¿por qué motivo?
Señor: Recién le expliqué al otro muchacho que hace todo el día que hay un tipo armado en la casa de enfrente apuntando hacia la calle y nadie le presta atención.
DLAP: Hizo bien en avisarnos señor, digame la dirección por favor y enseguida mandamos una patrulla para allá.
Señor: Sí, como no. Mi dirección es Rodriguez Peña 1260 y la casa de enfrente...bueno se van a dar cuenta, es la única que tiene un loco con un arma apuntando a la calle.
DLAP: Hasta luego señor.
Señor: Hasta luego.
(Pasan alrededor de quince minutos y la patrulla llega a Rodríguez Peña al 1200. Descienden de los vehículos en la esquina.)

Comisario Schmunk: ¡Benavídez! disposición en línea de avance ¡ya!
Oficial Benavídez: Afirmativo, señor comisario. ¡Patrulla, línea de avance ya!
(La patrulla se acerca a la dirección indicada y se establece frente al local denunciado)

Oficial Benavídez (a través del walkie-talkie): Comisario, tenemos un...mmm...inconveniente.
Comisario Schmunk: ¿Cuál es el problema Benavídez? Esta operación es muy usual, actúe de la misma manera que siempre.
Benavídez: Comisario, quizás quiera acercarse hasta aquí y verlo usted mismo.
Schmunk: No va a llegar muy lejos si es tan dependiente Benavídez. Aguántese que ya voy para allá.
(El comisario, que estaba en la esquina, se acerca a la patrulla)

Schmunk: ¿Tiene miedo Benavídez o que le pasa? ¿Por qué la patrulla abandonó la posición de avance?
Benavídez: Ese es el local Comisario, mire hacia arriba.

(En la parte superior del local se leía: Armería Tiro al Aire)



* Cómo ¿no se enteraron?, ahora en Argentina somos más cool y tenemos el 911 en vez del pedorrísimo 101 para llamar cuando tenemos una emergencia.

viernes 29 de febrero de 2008

El día del juicio final

-Juro, por Dios y la Patria desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente de la Nación y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación.
Si así no lo hiciera que Dios y la Patria me lo demanden.
(Aplausos del público presente en el Congreso)
Así concluía la tan anunciada asunción del nuevo presidente que regiría los destinos del país por los próximos 4 años. En su campaña había prometido que lucharía por la recomposición de la economía, el aumento de los salarios de los trabajadores y la mejor distribución de las riquezas, brindaría apoyo a la educación y la ciencia, campañas sanitarias de alcance nacional y todas esas cosas que los políticos dicen que harán cuando asuman sus cargos.


* * *
5 años después...

- Che, Patria estoy harto de que juren por nosotros y después hagan lo que se les canta. ¿No te parece que ya es hora de hacer algo? -dijo Dios.
- Si, tenés razón. Al final es muy cómodo para ellos que el pueblo no pueda reclamar nada porque juraron por nosotros.
- ¿Qué te parece si les metemos una demanda?
- Eso, eso. Vamos a darles su merecido -se entusiasmó la Patria.
- Dejame que hablo con mi amigo el de abajo que conoce a los mejores abogados.

En eso estaban Dios y la Patria, mientras, el ex-presidente gastaba sus dólares en comprar Tom Collins en la barra del bar mientras su mujer remojaba los pies en una palangana mirando hacia el Océano Pacífico. Pasó un mes y el ex-presidente volvió al país luego de sus vacaciones.
Cuando fue a su oficina, la secretaria le dio todos los mensajes que había recibido durante su ausencia, entre ellos, un sobre lacrado en dónde se podía leer como remitente Juzgado Supremo del Cielo.
- ¡Oh!, ¿qué es esto? -se preguntó el hombre.
- No lo se señor. Un día apareció este sobre bajo la puerta y esperaba a que usted llegara cuanto antes para que lo viera. No quise molestarlo durante su descanso.
- Hizo bien. Veamos de que se trata.
El ex-presidente abrió el sobre y dentro de él había dos cosas: la primera, una carta impresa en un papel tamaño oficio; y la segunda, una llave muy extraña atada a un llavero en forma de cruz. Tomó la carta y la abrió. Comenzó a leer:

Señor ex-presidente:
S/D
Por la presente nos dirigimos a usted a fin de comunicarle que será juzgado en el supremo tribunal celestial el día 17 de marzo a las 20:00 hs. por incumplimiento del deber público y jura en vano en nombre de los firmantes.
Saludan atentamente.
Dios y la Patria

PD: Con la llave abrirá una puerta sita en calle del Mate al 2357. Así accederá al tribunal.

El ex-presidente pensó que se trataba de una broma de mal gusto pero su curiosidad pudo más, y además no faltaba tanto para el 17 -era 15 de marzo-. El día indicado fue hasta calle del Mate 2357 y abrió la puerta. Se encontró con una pequeña habitación vacía y un ascensor con la puerta abierta. Entró al elevador y escuchó una voz -no se alcanzaba a ver por dónde salía- que decía:
-Si usted viene a tirar primeras piedras, apriete uno. Si por el contrario fue citado por sus pecados, apriete dos.
El ex-presidente apretó uno pensando que así eviataría el problema, pero la misma voz dijo:
-Usted no está libre de pecado, apriete dos y olvidaremos esta mentira.

Apretó dos y el ascensor comenzó a moverse. No alcanzó a notar si ascendía o descendía pero si parecía moverse rápidamente. De pronto frenó y se abrió la puerta. Allí estaban, Dios y la Patria, sentados en un sofá de tres cuerpos fumando un habano cada uno. En otro sillón había una dama con los ojos vendados y una balanza en la mano (N. del R.: no era la verdulera de la esquina tratando de pesar un kilo de tomates sin ver). Se le indicó que entrara y se sentara en una silla justo enfrente del sofá.
Ni bien el ex-presidente hubo rozado apenas la silla con su culo, la dama de los ojos vendados dictaminó:
- ¡Culpable!
- ¡Excelente! -dijeron los otros dos.
- Usted está condenado a resarcir sus pecados juntando los desechos animales de la vía pública en todo el país.

Moraleja: No juren por Dios y la Patria en vano o se les va a venir brava la mano.