Todos conocen a Truman. El que diga lo contrario está mintiendo. Ese hombre bajito, pero robusto, de cejas pobladas y entrecanas que le cubrían la mayor parte de los penetrantes ojos celestes, casi blancos, que escudriñaban nerviosamente todo a su alrededor; ése era quien estaba sentado frente a mí detrás de un gran escritorio de roble. Las manos entrelazadas sobre el mesón, el cuerpo ligeramente encorvado hacia adelante, esperaba mi palabra.
—Tengo un problema señor Truman.
—Es la primera vez que oigo algo así.
—Pero… si todavía no le conté de que se trata.
—¿No le parece suficiente con tenerlo?
—No lo entiendo, ¿qué me quiere decir? No me hace ninguna gracia estar sufriendo.
—Usted había dicho que tenía un problema, no que estuviera sufriendo, eso ya es diferente.
—Es que… no… bueno… usted sabe. No, no lo sé, cuénteme.
—Es una mujer.
—Definitivamente es la primera vez que oigo algo así.
En ese momento no lo noté, pero cada palabra de ese sabio hombre estaba pensada para decirse en el momento preciso y escondía una significación que no alcancé a interpretar del todo. No era para menos, yo estaba demasiado preocupado en otras cosas como para prestar atención, lo único que me interesaba era solucionar mi problema cuanto antes.
—Cuénteme más sobre esa mujer.
—No sé por dónde empezar. A ella la conocí hace muchísimos años en casa del señor M… y nunca más la vi. Era hermosa, usted sabe, dueña de una belleza singular. Esbelta, un poco más baja que yo. Su cara, un poco rechoncha, labios carnosos, ojos dulcemente marrones, pómulos ligeramente colorados y una nariz recia y graciosa. Su pelo caía suavemente, en pequeñas ondas, sobre sus hombros. Tenía 17 años en aquel momento y le puedo asegurar que nunca había visto a una mujer así ni tampoco lo volví a hacer. Al día siguiente de ese encuentro partí en barco hacia una guerra de la que no tengo más que horribles recuerdos. Mientras estuve en combate, lo único que me mantuvo cuerdo fue el recuerdo de ella. Sé que nuestro encuentro había sido totalmente fugaz y no había alcanzado a conversar con ella más allá de meras formalidades, pero la dulzura de su voz y su mirada cautivadora me habían atrapado y me arrepentí de no haber intentado algún acercamiento mayor. Por supuesto sabía que no podría sostener ninguna relación con una guerra de por medio. La distancia hubiera enfriado las cosas y quizás habría resultado peor que cómo se habían dado los hechos. Sin embargo, me juré que lo primero que hiciera cuando retornara sería buscarla.
Cuando por fin volví a casa, no sabía por dónde comenzar. Decidí retomar desde donde había dejado y fui en busca del señor M… Para mi sorpresa aún vivía aunque para mi desgracia era un hombre viejo que no recordaba ni su propio nombre. El Alzheimer –o tal vez la fortuna– le había quitado todos sus recuerdos. Por el contrario, los míos eran un tormento diario, acudían a mí a cada momento para recordarme las penurias por las que había pasado en aquellos años. Por las noches despertaba enteramente sudado y con escalofríos luego de las pesadillas. Las pastillas que tomaba para dormir no lograban ahuyentar aquellas horribles imágenes.
Visité a mis viejos amigos, pero ninguno recordaba la velada. Quizás fuera porque ninguno había estado allí. No lo sé. Estaba muy confundido y se me hacía borroso incluso lo que creía recordar bien. Por momentos tenía miedo de que todo aquello, esa bella mujer fueran un mero invento de mi maltratada mente que inventaba memorias felices para hacerme creer de un pasado más alentador. Pronto descubrí que no existía ninguna farsa. Los recuerdos eran ciertos. Esto me trajo ciertas esperanzas y al mismo tiempo un gran pesar por mi propia confusión. La sola idea de no poder dar un buen final a toda la historia me carcomía.
Una tarde paseaba yo bajo la vieja arboleda de la avenida. Los lapachos florecidos indicaban la primavera. El viento soplaba suave desde el este y el clima era cálido y húmedo como lo son las primaveras por estas latitudes. Sin embargo, yo no prestaba atención a ninguno de estos detalles. Mi caminar era similar al de un sonámbulo. La gente pasaba a mi lado como si fueran fantasmas desfilando frente a uno más de los suyos. Pero, llegando a una esquina en dónde había un plaza con una gran estatua de uno de los próceres más importantes del país, una voz estridente me despertó del sopor:
—J… ¿sos vos? –espetó uno de los fantasmas.
—No, soy F… –respondí sorprendido. ¿Y vos quién sos? (J… era mi hermano gemelo. Solían confundirnos todo el tiempo).
—F… disculpá, 40 años y todavía no los distingo. ¿No te acordás de mí, el Flaco, tu vecino?
—Flaco, por supuesto, perdoname, estoy medio idiotizado, sabés.
—¿Seguís pensando en eso, eh?
—Sí, nunca voy a poder evitarlo, es una secuela de por vida. Pero hay otro tema que me está volviendo loco también.
—¿Qué te anda pasando?
—Una mujer que conocí antes de irme. La he estado buscando y parece haberse esfumado, incluso de la memoria de todos.
—Ojalá pudiera ayudarte, pero… ¿che, no te acordás de Truman?
—¿El Inglés? Nunca me cayó bien. Siempre fue un farsante para mí.
—Siempre tan escéptico vos. Andá a verlo, él te puede ayudar, seguro.
—Así que acá estoy señor, esperando que el Flaco no se haya equivocado. Espero que usted sepa ayudarme a encontrarla.
—¿Farsante? ¿Usted piensa que no soy nada más que un farsante? Si usted supiera, si usted supiera… (dijo esto sin violencia, casi con lástima, como sintiendo pena por mí)
—Perdóneme, comprenda que lo mío siempre fue la ciencia, me cuesta creer en… en… en las cosas que usted hace.
—No se haga problema, veré que puedo hacer por usted. Deme un día o dos y le comunicaré que es lo que ocurrió con la señorita.
—Muchas gracias señor, espero que pueda cambiar mi idea sobre usted.
Dos días después estaba nuevamente frente a aquel hombre. Tenía la mirada perdida en quien sabe qué cosa cuando entré. El ruido de la puerta lo sacó de su estado y sus ojos se clavaron en mí.
—Siéntese, siéntese –me dijo pausadamente.
—¿Y bien?, ¿qué sabe usted de… de… Estelita? (dije su nombre muy bajito, susurrando y con dificultad).
—Mire, no le voy a mentir. No es mi estilo. Espero que no tenga rencores contra mí. Yo sólo averigüé lo que usted me pidió.
—Vamos hombre, dígame.
—Estela murió señor. Un año después que usted se fuera. Lo siento mucho.
—Las lágrimas me brotaron espontáneamente. Mi última esperanza había sido destrozada. Ya no me quedaba nada. Nada.