Ese día mi vida cambió para siempre. Fue hace 5 años, una tarde de domingo, hojeaba la revista que viene con el diario. Después de la sección de chimentos había un espacio donde se indicaban actividades artísticas o deportivas a realizarse en la semana siguiente a la impresión de la revista. Una exposición de fotos aéreas en el Malba, una expedición en bicicleta a Victoria y un recital de bandas en Rosario ocupaban la mayor parte de la página. Sin embargo, a mi me llamó la atención un pequeño recuadro el cual invitaba a unirse a un grupo de aventureros que iban a participar de una carrera de bicicletas en Marruecos. En mis mejores épocas había recorrido el país en mi bicicleta azul de ruedas finitas, pero para ese entonces estaba colgada juntando tierra en el garage de casa.
Primero pensé que no daba como para ir a correr, hacía mucho tiempo que no me ejercitaba y ya no tenía un buen estado físico, aunque salía todas las mañanas a correr dos horas por el parque y tres veces por semana nos juntábamos a jugar al básquet en el Club Ciclista.
Así estaba en mi indecisión entre ir o no ir cuando me encontré con un ex compañero de carreras en el supermercado que está en la esquina de Santa Fe y Malvinas, Mario. Me dijo que el también se había dejado estar, que ya casi no hacía ejercicios más que ir al gimnasio dos veces por semana. Le comenté de la carrera sobre la que había leído en la revista y los ojos le brillaron como a un chico cuando le ofrecen helado de frutilla.
Al otro día me llamó el Mario. Resulta que le había picado el bichito del deportista y después de que hablaramos en el supermercado fue corriendo a su casa para inscribirse en la carrera y ahora me llamaba para que yo me inscribiera así por lo menos tendría a alguien conocido. Ese fue el empujoncito que me faltaba, le corté a Mario y llamé al número que decía en la revista, por la característica era de Buenos Aires. La inscripción costaba 130 dólares (yo tenía guardada una platita) y el primer premio era de U$S 40.000. Primero me iba a tener que tomar un colectivo hasta Buenos Aires y ahí nos uniríamos al grupo y nos tomaríamos un avión hasta Rabat, la capital de Marruecos. Desde Rabat una trafic nos llevaría hasta Agadir, la ciudad desde donde se largaba la carrera, mientras que las bicicletas las llevaban en un camión preparado especialmente para eso.
El 30 de mayo a la noche estábamos el Mario y yo parados en la terminal de colectivos esperando el Flechabus que nos llevaría hasta Buenos Aires. Llegó mas de una hora y media tarde a la Capital porque a la altura de Campana se nos pinchó una rueda y tardó en llegar el colectivo suplente. Comimos algo en un restaurante antendido por chinos, de esos que tantos hay en Buenos Aires y después nos fuimos para Ezeiza porque el avión salía a las tres. Éramos 15 personas las que íbamos a la carrera, había cinco porteños, tres mendocinos, dos cordobeses, dos santafesinos, un correntino y nosotros dos.
Fue muy lindo el viaje, nunca había ido tan lejos en avión, alguna vez hice Bariloche-Santa Fe pero jamás había volado a otro país ni mucho menos cruzado el océano. Hacía calor en Rabat y era un loquero de gente: árabes con turbante, yankees vestidos de bermudas y camisas de colores pasteles, negros con cara de pocos amigos y mujeres con las caras tapadas. En el aeropuerto nos esperaba el conductor de nuestro transporte, Erid, un muchacho de unos 35 años de edad, pelo oscuro, de tez morena vestido con una túnica blanca y una especie de repasador en la cabeza, lo que me causó mucha gracia. Salimos de Rabat después de comer algo y después de dos horas de viaje, apretados en la trafic como sardinas en una lata, llegamos al lugar de partida: Agadir. Nos mandaron a una carpa donde podíamos refrescarnos y alistarnos para la carrera que sería dentro de 2 horas. Me puse las medias de la suerte, un par de medias azules (en realidad habían sido azules, ahora ya estaban de un color gris pálido), llenas de agujeros, pero no podía romper la cábala. Ajusté la correa del casco, llené las dos botellas de Gatorade para refrescarme de camino y me puse las zapatillas. Ya estaba listo para partir.
En la carrera estaban inscriptas 500 personas de todo el mundo. Había mexicanos, malayos, japoneses, españoles, italianos, estadounidenses, colombianos y hasta un kazajo, además de nosotros los argentinos. El recorrido era de 35 kilómetros por asfalto y 4 km en zona escarpada.
Estábamos todos en la línea de partida, el director de la carrera disparó una bengala y salimos a velocidad por una carretera hacia el sur de Agadir. Y aquí llegamos a la mejor parte de la historia. Creo que iba como una hora y media de carrera, y llevaba recorrido un poco más de la mitad del trayecto cuando en el medio de la ruta apareció frente a mi una gigantesca serpiente, ahora se de que tipo se trataba pero en ese momento no alcancé a distinguir cual era ni tampoco escuché su señal de ataque. Pienso que alguna vez deben haber escuchado que las serpientes de cascabel agitan su cola cuando sienten peligro y se ponen prestas al ataque. Yo atiné a esquivarla pero con un rápido movimiento la cascabel se me metió bajo la rueda trasera. Son duros los bichos y no le hice nada al pisarla.
Por supuesto, yo me caí de la bicicleta y quede cara a cara con el animal que agitaba furiosamente su cola. Quise salir corriendo pero algo me paralizó y quedé tendido sobre el caliente pavimento. Fui mordido tres veces en la pierna pero para mi suerte o por lo menos eso creí el veneno no me hizo efecto. Me levanté apresurado, agarré la bici y salí lo más rápido que pude para no perder más tiempo. Había recorrido como 4 o 5 Km cuando sentí un fuerte escalofrío y perdí el control de mi cuerpo, me caí de la bicicleta y mi cuerpo comenzó a agitarse como cuando alguien tiene convulsiones. Al cabo de media hora me había convertido en una horrible serpiente de cascabel.
Anduve bastante tiempo queriendo saber por que me había pasado eso a mí, pero terminé resignandome a vivir como una serpiente alimentándome de roedores pequeños y escorpiones. Ahora instintivamente espero todos los años la carrera de bicicletas para atacar a algún ciclista desprevenido y morderlo, para aumentar la población de serpientes de cascabel y en un futuro poder ser la especie dominadora del planeta.